Si a Rosa le preguntáramos qué podría comentar sobre su trabajo plástico anterior a lo que hace hoy, ella probablemente respondería que cada día es un húmedo instante. Agregaría que su mirada compone un rompecabezas todas las noches. Es feliz, nada exacta, sobre todo cuando el sol brilla.
Desde los veranos de Boston, y las neblinas de Xalapa se ha convertido en un saltamontes, porque no está en contra de las diferencias.
No le importa mirar por las ventanas abiertas y no estar segura.
“Mi locura es el pigmento”, Rosa dice que la locura es su pigmento cuando “la humedad entre mis piernas describe el deseo después que lloro. A los colores les miento para ser yo misma, por eso soy completamente subjetiva: miento para ser sincera conmigo misma, para hacer lo que quiero sin hacer daño a nadie. Cuando pienso en las orquídeas, sus matices nacarados, los grafittis en mi pared: soy dual. No puedo volver atrás, aunque tenga una vida llena de “palomitas” en la lista pegada al refrigerador.”
Texto de Oscar López Hernández
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